lunes, 28 de marzo de 2011

ESCUCHAR

Este fin de semana he recargado la batería de mi corazón, con una catequización que me ha llegado muy dentro, a pesar de que no era la primera vez que la escuchaba, y todo ha consistido en simplemente estar sentada durante tres días, solo escuchando.  Mientras, mis hijas se quedaban con tres chicas, que las "cuidaban" y lo pongo entre comillas porque las pobres han venido traumatizadas. A las tres las conozco de vista, pero creo que para trabajar cuidando niños, es esencial una cosa.... que te gusten los niños. Y a ninguna de estas les gustaban. No relataré las peripecias que han tenido que soportar mis hijas, y del mismo modo, yo también, pero por sacar algo bueno de esto... no llevaré más a mis hijas para que las cuide alguien, si no tengo la plena confianza de que van a estar bien. 

Por otro lado, estos últimos días he estado pensando sobre algo que escribió mi Tita Carmen acerca de que la gente nunca escucha. Me cuento entre las personas, que por mi forma de ser, más bien callada, siempre me he dedicado a escuchar a la gente, y eso me ha convertido en una persona muy observadora y suelo conocer mucho a la gente sin intimar mucho, nada más escuchando y observando. Pero mi carácter tímido ha ido cambiando con los años, y ahora soy un poco más habladora, ha sido cuando me he dado cuenta de que es muy difícil que alguien te escuche, en muchas ocasiones, estando en una conversación con varias personas, he intentado decir algo, y me interrumpen, me cambian el tema, o simplemente, hablan encima de mi frase. Eso me hace recordar por qué yo era tímida antes, y lo era por inseguridad, pero otro de los motivos, era que pensaba que lo que yo podía decir, no le interesaba a nadie, así que solo hablaba cuando sentía que la otra persona estaba verdaderamente interesada en escucharme. También por eso me dio por escribir, y escribía diarios porque aunque nadie me escuchara, así al menos, sentía que se lo contaba a alguien. Últimamente, por ser más sociable, lo que he dicho se ha vuelto contra mí, en dos ocasiones, y la verdad, este hecho me hace plantearme si realmente merece la pena ser sociable, o hablar, si lo que digas va a ser utilizado en tu contra por la persona que lo oiga. 

Sinceramente, a partir de ahora, creo que aunque ya no soy tan cohibida, voy a dedicarme solo a hablar, cuando realmente sea necesario y cuando sienta que la otra persona tiene interés por escuchar lo que le voy a contar. Os prometo que todo esto no es imaginación mía, que me ha pasado muchísimas veces que quiero decir algo, lo intento y pasan dos cosas: Que ni me miran, o que simplemente cambian el tema como si no hubieran oído nada. Y es que la gente está demasiado interesada en ir a su aire, o en contar su historia sin pensar que quizá hay personas que también quieren contar la suya. 

Yo por mi parte, seguiré escuchando.

viernes, 11 de marzo de 2011

OLVIDO

Ayer por la mañana me pasó algo que merece la pena ser recordado. Estando en la cola del supermercado de mi barrio, una señora de unos setenta y pico años, venía detrás de mí, y se pegó a mi de cuerpo entero, y lo digo sin exagerar. Di un paso adelante para separarme y la señora se volvió a pegar, fue entonces cuando le dije con mucha educación y hablándole de usted que por favor no se pegase tanto a mí. No creeríais cómo se puso, hecha una energúmena diciéndome que quién me creía yo, que a ver si se me iba a pegar algo, que era una delicada, que a ver qué me había creído yo, y mil cosas más. Mientras yo, permanecí callada, pagando mi compra y empezando a ponerme nerviosa. Cuando ya salía por la puerta yo, viendo que la mujer seguía con su retahíla, le dije: Cállese ya señora. A lo que ella respondió: Cállate tu, ¡gitana! Me fui de allí pensando que si hubiera sido yo una gitana como me dijo, no hubiera acabado la conversación así. A todo esto me encontré con mis padres y les conté lo sucedido, y cuando ya acababa de relatar semejante episodio, veo venir a lo lejos a esta tan educada señora, por llamarla de alguna forma y avisé a mis padres. Al pasar por mi altura me miraba con odio y me dijo que se estaba quedando con mi cara, que vería lo que me iba a pasar. O sea, todavía se atrevió a amenazarme. Mi padre se fue detrás de ella para intentar comprender su reacción y observarla de lejos. Cuando volvió llegamos a la conclusión de que estaba enferma, esquizofrénica o algo por el estilo, pero a mí con toda su enfermedad, me dejó al borde de un ataque de nervios, hasta me faltaba el aire y acabé hasta llorando.

Esto lo cuento porque durante el día estuve pensando sobre lo acontecido, y me dio mucha tristeza ver que puede haber hijos que dejen que sus padres enfermos vayan solos por la calle, que en su ancianidad no se preocupen de los padres que le dieron la vida porque yo desde luego, si mi madre estuviera así, no la dejaría sola ni un momento. Me animó a seguir adelante educando a mis hijas como mis padres me educaron a mí, siempre recordando que cuando llegue la hora en que ellos no puedan valerse por si mismos, estaré con ellos, cuidándolos, como ellos me cuidaron a mí cuando nací, espero poder dar la talla en esto que tantísimo me preocupa. Todavía recuerdo cuando murió la tia de mi padre Isabel, que fue una muerte muy triste porque ocurrió tras haberla llevado a una residencia de ancianos, y en su entierro, mal organizado, yo lloraba amargamente al ver que solo fuimos 15 personas porque nadie se enteró. Y mi padre me dijo: "Hija, tu nunca dejes que nos hagan esto a tu madre y a mí". Aquello me llegó al alma, y la verdad, nunca lo permitiré.