El jueves 28 de julio mi marido recibió una llamada de su padre diciéndole que acababa de fallecer, su madre, o sea, mi suegra, la abuelita Norma. La verdad es que, aunque hacía cuatro meses le habían diagnosticado un cáncer, nada hacía presagiar que se iría de este mundo tan pronto, porque a pesar de su enfermedad y que tenía muchas complicaciones, tenía una aparente estabilidad, que hacía que estuviéramos relativamente tranquilos.
Hace unas semanas, comenté en anteriores entradas, estuvimos en México, visitando a la familia mexicana, y ahora me doy cuenta de que el Señor nos dio la oportunidad de despedirnos de mi suegra, tanto mis hijas de verla por última vez, como Adrian su hijo, de decirle todo lo que sentía por ella, y habló muchas horas con ella, cosa que le dejó muy tranquilo, ya que dice que, no le quedó nada por decirle a su mamá. Habla de ella como la madre que siempre le apoyó, le cuidó más que a ella misma, le protegió de todo, y le defendió ante todo. Ella tenía el deseo de verlo a él y a sus nietas, porque quizá intuía que no le quedaba mucho tiempo de vida, y ese deseo el Señor se lo concedió. Una cosa que me emocionó mucho de esta gran mujer, es que antes de viajar a México, nos vimos por web cam, y en anteriores ocasiones había visto a las niñas, pero la última vez antes de ir, me puse yo en la cámara y la saludé. Ella se emocionó muchísimo, tanto que se puso a llorar, y eso me hizo emocionar a mí también, porque cuando alguien se emociona así al verte es porque te quiere, aunque yo ya sabía que ella me quería mucho, eso me lo dejó más claro aún.
Por otro lado, el Señor también le regaló a mi marido, algo que le rogaba para su madre, y es que en el momento de la muerte no la hiciera sufrir. Y así fue, mi suegra textualmente se durmió en el Señor, y en su cara quedó dibujada una dulce sonrisa, que aunque no pudimos ver porque estábamos a miles de kilómetros, imaginamos y sabemos que Dios es grande y le regaló la más dulce de las muertes. Tengo la certeza de que su alma subió de un brinco al cielo, porque Norma, mi suegra, era una mujer buena por naturaleza, un ser inocente, y sin un ápice de maldad. A pesar de que sufrió mucho durante su vida, por su historia, en ella nunca quedó rencor ni remordimiento alguno.
Durante su corta enfermedad, le decía yo a mi mi marido que Cristo estaba presente en el sufrimiento de los inocentes, y en ella lo estuvo desde el principio porque puede parecer una injusticia que a una persona como ella le venga una enfermedad así, tan fulminante, pero el Señor está claro que se valió de ella y de su sufrimiento para actuar en esa familia y hacerse grandísimo.
Mi más sincero consuelo y ánimo para mi suegro, su mujer dejó este mundo precisamente el día de su 38º aniversario de boda, y está claro que no es una coincidencia. También ahora empieza una nueva vida para mis cuñadas, jóvenes, y que, en muchas cosas dependían de su madre. Y su primogénito, mi marido, Adrián, el hijo querido, se repondrá muy pronto porque sabe que Dios hace las cosas siempre por algún motivo, aunque le duela la ida física de su madre hacía la vida eterna. El Señor y la Virgen de Guadalupe va a estar más que nunca ahora en sus vidas y nosotros rezaremos para que salgan adelante lo antes posible.

